Los acuerdos de Oslo
En los primeros meses de 1993 se discutió en Noruega un acuerdo marco que permitiera una solución política al conflicto. Este acuerdo partía del reconocimiento mutuo de las partes; la OLP reiteraba su reconocimiento de Israel como Estado, e Israel reconocía como interlocutor a la OLP pero sin hacer mención alguna al derecho de crear un Estado palestino. En segundo lugar se suscribía una Declaración israelo-palestina de principios sobre una autoridad interina de autogobierno (conocida como DOP) que sería firmada en Washington el 13 de septiembre de 1993.
La DOP establecía un período interino de 5 años, durante el cual se llevaría a cabo una retirada progresiva de las tropas israelíes de ocupación, se crearía una Autoridad Palestina a la que se traspasarían gradualmente competencias civiles y policiales. A partir del tercer año de este proceso se abordarían los temas más sensibles del conflicto, llamados del “estatuto final”, a saber: la naturaleza y delimitación definitiva de la entidad palestina, la suerte de los refugiados, el futuro de los asentamientos y de Jerusalén, el uso de los recursos naturales y las 3 cuestiones de seguridad.
Un elemento clave del proceso fue la metodología adoptada: su gradualidad; las partes irían negociando y ejecutando acuerdos parciales, generando así conocimiento recíproco y confianza mutua. Sin embargo en los acuerdos de Oslo no se fijaban metas para el final del período interino; todo quedaba abierto a las negociaciones: no se precisaba si la retirada iba a ser completa tal como exigía la resolución 242, si habría retorno total o parcial de los refugiados o si finalmente habría un Estado palestino.
Un hecho determinante fue que las negociaciones se dieron entre partes muy desiguales. Este desequilibrio no se compensó con la intervención de mediadores internacionales dado que el único actor externo que fue aceptado por Israel fue EEUU. A su vez, las NNUU fueron mantenidas al margen y la Unión Europea fue relegada a un segundo plano, de mero sostén a la actuación estadounidense.
Singularmente el procedimiento puesto en marcha permitió además que las dos partes sostuvieran diferentes lógicas; Israel pensaba poder conservar la mayor parte de las ventajas adquiridas, mientras que los palestinos, pensaron que ésta vía podía llevarles a medio plazo a la consecución de sus demandas básicas amparadas en las resoluciones de NNUU y establecer un estado en Cisjordania y Gaza.
La OLP asumió el proceso de paz como un compromiso histórico: aceptar la realización del Estado árabe en el 22% de la Palestina histórica y reconocer el estado de Israel, siempre que se cumplieran las resoluciones de NNUU. Sin embargo Israel concibió el acuerdo como un medio para legalizar la ocupación y negociar arreglos parciales.
Los singulares pasos del proceso de paz
A lo largo de los años siguientes se fueron firmando sucesivos acuerdos parciales, en los que siempre fue preeminente la cuestión militar y económica. El ejército israelí se fue retirando de algunas áreas, especialmente de las más pobladas. Se creó una administración interina, la Autoridad Palestina a la que se fueron traspasando competencias civiles y policiales.
Esta Autoridad Nacional Palestina (ANP) obtuvo de inmediato un reconocimiento político de la comunidad internacional que la consideró un cuasi-Estado y recibió un importante apoyo material para su establecimiento y funcionamiento. El proceso de paz creó nuevas oportunidades para Israel que logró romper el relativo aislamiento que había vivido hasta entonces, normalizó sus relaciones con varios países asiáticos de importancia económica clave y empezó un proceso de acercamiento a los países árabes.
La paz dio un considerable empuje a la economía israelí: aumentaron sus exportaciones de tecnología y armamento, el levantamiento de algunas modalidades del boicot árabe permitió la instalación de multinacionales en Israel.
A lo largo de los primeros años el Proceso de paz fue acogido favorablemente por la mayoría de la población israelí y palestina. En Israel los nacionalistas conservadores y religiosos objetaban la posibilidad de una retirada de las zonas ocupadas, el desmantelamiento de los asentamientos o la creación de un Estado palestino al oeste del Jordán. En noviembre de 1995 cuando un sionista radical asesinó al Primer Ministro israelí Isaac Rabin. También hubo oposición entre los palestinos; unos criticaban la lógica desequilibrada del proceso, su falta de garantías, la perpetuación de la ocupación y el abandono de los refugiados; otros denunciaron a la dirección de la OLP convertida en aliado del ocupante.
Al cabo de los cinco años previstos en la DOP los resultados no fueron los esperados:
- Las retiradas militares israelíes fueron muy limitadas. Así se deshicieron rápidamente de sus obligaciones civiles pero fueron más renuentes a evacuar territorio. Sin embargo las fuerzas militares evacuadas de los territorios traspasados a los palestinos no se replegaron a Israel, sino que sirvieron para reforzar las zonas todavía ocupadas y para restringir la movilidad al establecer controles en las vías de comunicación.
- De acuerdo con su principio de negociar desde una posición de fuerza, Israel aceleró sus políticas de colonización; siguió con las expropiaciones de tierras, duplicó el número de colonos, incrementó el trazado de infraestructura viarias para uso de las colonias y extendió las zonas de seguridad en torno a los asentamientos.
Los asentamientos israelíes en los Territorios Ocupados
- La ANP se vio responsabilizada del control policial de su población. A su vez Israel recrudeció sus medidas de represión, dirigidas especialmente a los grupos palestinos de oposición. Todo ello alimentó una espiral de violencia en la que ganaron protagonismo los grupos armados palestinos, islamistas e izquierdistas.
- A medida que el ejército se retiraba de algunas zonas, la protección a los colonos y de la población israelí se convirtió en una premisa de todo el proceso.
- Los acuerdos económicos que preveían el traspaso de las recaudaciones fiscales en las aduanas a la ANP no se cumplieron. Israel utilizó el arma financiera bloqueando fondos. De esta forma los palestinos tuvieron que recurrir a los fondos internacionales destinados a las inversiones productivas para atender sus gastos corrientes.
- La dependencia económica palestina respecto de Israel, no se atenuó sino que tomó nuevas modalidades y se reforzó mediante el control del comercio exterior, la participación en monopolios, etc.
- En la era de la paz se hizo cada vez más difícil la vida cotidiana. Los cierres, que impiden la movilidad interna y el acceso al mercado de trabajo israelí, incidieron de manera directa en el deterioro de las condiciones de vida de los palestinos. Con el argumento de la seguridad, a lo largo de los años noventa disminuyó drásticamente el número de trabajadores palestinos en Israel
Hay que señalar el papel de la ayuda internacional en este proceso. EEUU se erigió en el árbitro político y desempeñó un importante papel en materia de asesoría y control para los asuntos de seguridad. Pero siguió siendo el principal valedor financiero de Israel. En cuanto a la Unión Europea, ésta supeditó su papel al protagonismo político estadounidense. No obstante fue un elemento activo en la consolidación de la ANP.
En el marco del Proceso de Barcelona firmó acuerdos de asociación tanto con Israel como con la ANP/OLP y fue el principal financiador de las instituciones palestinas. A lo largo de estos años dos constataciones se hicieron evidentes. En primer lugar todo el proceso estuvo sujeto a los intereses israelíes y a los avatares de su política interna. Se priorizó la seguridad para los israelíes. En segundo lugar, las sucesivas retiradas militares israelíes fueron configurando un territorio que respondía a una lógica singular: deshacerse de población palestina bajo autoridad israelí y conservar y cohesionar ciertos territorios, mientras que se diseñaba un territorio palestino a modo de islotes inviable para la futura entidad palestina.
La dinámica generada por el proceso de Oslo también afectó a la población palestina refugiada fuera de Palestina y a los palestinos en Israel que constituyen dos dimensiones consustanciales del conflicto. Desde 1993 los refugiados palestinos en los países vecinos, se vieron inmersos en una sensación de creciente abandono. La agencia de NNUU para los refugiados palestinos (UNRWA) redujo drásticamente su presupuesto, lo que se tradujo en una merma de los servicios.
Los palestinos con ciudadanía israelí, que ya suponen una quinta parte de la población del Estado hebreo, han sido tradicionalmente la porción del pueblo palestino y la dimensión del conflicto menos visible. Pensaban que el fin de la ocupación y la paz les beneficiaría, permitiría su plena integración ciudadana e incluso les convertiría en puentes entre las dos sociedades. En esta lógica la minoría árabe apoyó con entusiasmo los acuerdos de Oslo, apuntaló al gobierno laborista y contribuyó activamente a tender puentes entre laboristas y palestinos.
Todo ello contribuyó a la extensión de un sentimiento de frustración y redujo las esperanzas de un horizonte de igualdad. A su vez crecieron las voces más radicales y anti sionistas, que además de empezar a desplazar a los grupos tradicionales de oposición árabe, desarrollaron una denuncia del proceso de paz desde dentro de Israel.
La crisis del esquema de Oslo
La crisis del proceso de paz no fue una sorpresa, se venía venir. La legislatura laborista asentó las pautas de lo que serían los cinco años del período interino. Por su parte el gobierno presidido por Benjamín Netanyahu frenó aún más el proceso, supeditándolo a las necesidades de seguridad de los israelíes.
En mayo 1999 se cumplieron los cinco años de período interino previstos en Oslo, y no sólo las retiradas militares israelíes habían sido muy limitadas y el cumplimiento de los acuerdos muy bajo, sino que las cuestiones del estatuto final no se habían negociado todavía. Con el objeto de denunciar la situación, el presidente palestino Yaser Arafat anunció que declararía la creación del Estado palestino; pero en vez de obtener apoyo, este gesto provocó una inmediata reacción internacional para evitar que un acto unilateral trabara el proceso.
Tras un intento fallido de reactivar las negociaciones con Siria sobre el Golán y tras llevar a cabo la prometida retirada del ejército israelí de Líbano, los laboristas se tornaron hacia la cuestión palestina. Sin haber terminado de cumplir lo negociado pretendieron entonces abordar la discusión del estatuto final desde su posición de fuerza.
Con el apoyo del presidente Clinton se preparó la cumbre de Camp David II en el verano del 2000 a la que los palestinos fueron llevados a regañadientes. La propuesta puso claramente al descubierto toda la estrategia anterior: pretendía la legalización de lo conquistado en 35 años de ocupación israelí. Arafat sólo pudo rechazar el dictado israelo-estadounidense, pues si bien la propuesta israelí era sin duda la más atrevida jamás planteada era totalmente inaceptable en la cuestión de los refugiados y de Jerusalén.
El fracaso de Camp David II agudizó el debilitamiento interno de Barak; su laicismo era contestado por los religiosos, su disposición a acuerdos con los palestinos era criticada por la derecha. En tal contexto los dirigentes laboristas optaron por deslegitimar a Arafat, presentándolo como un intransigente y responsabilizándole del fracaso de las negociaciones.
Segunda intifada y reocupación
El cansancio, la decepción y los escasos resultados de siete años de negociaciones fueron las verdaderas causas del levantamiento popular palestino que prendió a finales de septiembre del 2000. Pero a su vez la intifada alimentó el convencimiento israelí de que los palestinos no querían la paz.
La contención de la intifada se llevó a cabo con medidas que el ejército había preparado ante la posibilidad de un colapso del proceso de paz. La represión israelí fue extremadamente brutal, utilizando helicópteros de combate y tanques, lo que alimentó una respuesta armada de la policía y de las organizaciones político-militares palestinas.
Por su parte, hasta el último momento de su mandato Barak, intentó hacer de la cuestión palestina su salvavidas. En las últimas semanas de su mandato presidencial, Clinton siguió presionando a los palestinos a que aceptaran la “oferta generosa de Barak”. Las últimas conversaciones permitieron importantes acercamientos entre las dos partes, pero éstas sirvieron de poco dado que una vez más en el momento crítico el proceso de paz fue rehén de la política interior israelí.
A principios de febrero, Ariel Sharon, líder de la derecha nacionalista, ganaba las elecciones directas a primer ministro, al lograr el apoyo de diferentes sectores israelíes críticos con Barak. A su vez los laboristas perdían estrepitosamente las elecciones, producto de sus fracasos en política interna y en las negociaciones con los palestinos, pero sobretodo al haber perdido totalmente el apoyo de la minoría palestina.
Las intervenciones de la comunidad internacional y de los EEUU no pudieron contener los enfrentamientos. Por otro lado, desde finales de 2001 la “lucha internacional contra el terrorismo”, convertida en nuevo objetivo global tras los acontecimientos del 11 de septiembre, sirvió al gobierno israelí para legitimar una política de fuerza contra la ANP.
La violencia generada por el levantamiento y su devastadora represión terminaría por hundir aún más las condiciones de vida de los palestinos. En los primeros 18 meses, a los más de mil palestinos muertos, a los miles de heridos y presos políticos, se sumarían el desempleo, la caída dramática de los ingresos familiares y la pobreza.
Pero la intifada también tuvo un enorme impacto en Israel. En su dimensión militar: la movilización de reservistas y el aumento de las medidas de seguridad. Con los atentados se agudizó la sensación de acoso y de inseguridad permanente. En el plano económico Israel cayó en la más importante crisis desde 1953; el presupuesto de defensa volvió a absorber una parte importante de los recursos, sectores como el turismo y la construcción colapsaron.
A finales de marzo de 2002, después de varias semanas de cierres, asedio de ciudades, destrucción de viviendas y de asesinatos selectivos de activistas palestinos, las tropas israelíes reocuparon la mayor parte de las zonas autónomas de Cisjordania.
Los cierres prolongados, la destrucción sistemática de viviendas, de las infraestructuras y vías de comunicación, de los centros de producción, de las instituciones civiles, de las instalaciones de televisión y radio... y finalmente el asedio de las instalaciones presidenciales en Ramallah, se dirigieron a debilitar materialmente y humillar a la ANP.
Conclusiones
El proceso de paz israelo-palestino no hizo crisis a causa de los radicales de ambos bandos, fueran éstos grupos irregulares o gobernantes, o por la intransigencia palestina. Se colapsó en primer lugar por su naturaleza y por sus contradicciones. Por no responder globalmente a las diferentes facetas del problema y por no aportar una solución justa al problema. Todas las partes implicadas optaron por negociar un arreglo parcial, obviando dimensiones consustanciales del conflicto que en un momento u otro debían reaflorar e imponerse. La segunda razón es que a lo largo de esos años Israel no quiso asumir el coste de la paz y pretendió mantener las ventajas de la ocupación.
La crisis fue la consecuencia de la no correspondencia israelí a un compromiso histórico asumido por los palestinos, y que estaba aplazado desde 1947. En el Consejo Nacional Palestino de Argel en 1988, al aceptar formalmente las resoluciones del Consejo de Seguridad 242 y 338 la OLP asumió un compromiso histórico, por el cual aceptaba al Estado de Israel, obviamente a cambio de que Israel asumiera una retirada total, permitiera la creación de un Estado palestino en Cisjordania y Gaza y el retorno de los refugiados.
Pero no fue así, Israel exigió de la OLP un reconocimiento sin un gesto equivalente de su parte. Israel no ha terminado de aceptar la existencia de un Estado palestino soberano. Para el estado hebreo Oslo era un arreglo político y militar que tenía por objeto sustituir la ocupación por otra forma de control, que convertía a la ANP en su instrumento mientras se preparaba un Estado tutelado, y que exigía “concesiones y realismo político” al desposeído.
El fracaso del Proceso de paz plantea el interrogante de si es posible un arreglo consensuado al conflicto y una paz duradera. La posibilidad de un arreglo político a un conflicto complejo, prolongado y enconado depende en gran medida de voluntad y de la capacidad de la comunidad internacional en imponer una solución justa, global y acorde con el derecho internacional, incluso recurriendo a medidas de fuerza.
En cuanto a conseguir una paz duradera, todo depende de que Israel asuma los retos estratégicos de la paz. En Israel el proceso de paz nunca se ha entendido como un nuevo escenario para cooperar y convivir con sus vecinos. La paz siempre ha estado asociada a la idea, profundamente anclada en el discurso laborista, de “separación”, para asegurar que Israel siga siendo un estado “judío y democrático”.
No es viable una paz con separación y exclusivismo étnico en Israel, porque impide unas relaciones normales con los vecinos y porque exacerba las tensiones entre mayoría judía y minoría árabe palestina dentro de Israel. Si quiere paz Israel debe renunciar a sus pretensiones hegemónicas y trocar su identidad colonial por una vocación de cooperación. La paz requiere sin duda una refundación de Israel.
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